Sé lo que tengo que hacer, pero no consigo cambiar: ¿por qué?

A veces sabemos perfectamente lo que nos convendría hacer.

Sabemos que deberíamos poner un límite, dejar de preocuparnos tanto, confiar más, tomar una decisión, alejarnos de una situación que no nos hace bien o reaccionar de otra manera.

Lo hemos pensado. Lo hemos entendido. Incluso podemos explicarlo con absoluta claridad.

Y, sin embargo, cuando llega el momento, volvemos a hacer, sentir o reaccionar de una forma parecida.

Esto puede generar frustración: “Si sé lo que tengo que hacer, ¿por qué no lo hago?”

La respuesta puede estar en una idea importante: comprender algo no significa necesariamente haberlo transformado.

Saber qué me ocurre no siempre cambia lo que me ocurre

Nuestra mente consciente tiene una enorme capacidad para analizar, comprender, decidir y establecer objetivos.

Pero no todas nuestras respuestas se producen después de un proceso consciente de reflexión.

A lo largo de nuestra vida vamos incorporando aprendizajes, asociaciones, formas de protegernos, maneras de interpretar determinadas situaciones y respuestas que, con el tiempo, pueden llegar a funcionar de manera automática.

Por eso podemos pensar conscientemente:

“No tengo por qué tener miedo.”

y sentir miedo.

Podemos decirnos:

“No necesito controlar esta situación.”

y continuar intentando controlarla.

O saber:

“Tengo que poner límites.”

y volver a ceder cuando llega el momento de hacerlo.

No necesariamente existe una falta de voluntad. Puede existir una diferencia entre aquello que hemos comprendido conscientemente y las respuestas que hemos aprendido a activar de forma automática.

El subconsciente no funciona como una decisión racional

Muchas de nuestras experiencias dejan recuerdos, asociaciones y aprendizajes emocionales.

Si en algún momento aprendimos que determinada situación podía producir dolor, rechazo, pérdida, inseguridad o conflicto, podemos haber desarrollado formas de responder destinadas a protegernos.

El problema aparece cuando esa protección continúa activándose aunque las circunstancias hayan cambiado.

La persona adulta puede comprender perfectamente que ahora dispone de otros recursos y posibilidades y, sin embargo, seguir sintiendo una reacción que se activa antes de poder razonarla.

Ahí encontramos una de las razones por las que, en ocasiones, querer cambiar no es suficiente.

No todo lo automático es un problema

También hemos automatizado infinidad de capacidades que nos permiten desenvolvernos con eficacia en nuestra vida cotidiana.

La dificultad surge cuando una respuesta que fue aprendida o tuvo sentido en otro momento limita nuestra capacidad actual de elegir.

Evitar.

Controlar.

Complacer.

Anticipar constantemente lo que puede salir mal.

Exigirnos demasiado.

Desconfiar.

Callarnos.

Permanecer en alerta.

No son necesariamente características de nuestra personalidad. Algunas pueden ser formas aprendidas de afrontar determinadas experiencias.

Y lo aprendido puede revisarse.

La transformación no consiste en luchar contra uno mismo

Cuando queremos cambiar algo, es frecuente intentar hacerlo aumentando el control: pensar más, esforzarnos más, vigilarnos más o intentar impedir determinadas emociones.

Pero la transformación no siempre necesita más control.

A veces necesita comprender qué está sosteniendo la respuesta que queremos cambiar.

¿Qué intenta evitar?

¿Ante qué nos protege?

¿Qué aprendimos?

¿Qué seguimos anticipando aunque ya no esté ocurriendo?

Cuando empezamos a trabajar en ese nivel, dejamos de enfrentarnos únicamente al comportamiento visible y podemos acercarnos a aquello que lo mantiene.

Cambiar también significa desarrollar capacidades

El cambio no consiste únicamente en eliminar miedo, ansiedad, inseguridad o determinadas respuestas.

También implica desarrollar y recuperar capacidades.

Capacidad de estar presente.

De sentir sin necesitar controlar inmediatamente lo que sentimos.

De poner límites.

De cambiar.

De soltar.

De discernir.

De elegir.

De actuar con mayor seguridad.

Cuando estas capacidades se desarrollan, algunas respuestas que antes necesitábamos pueden empezar a perder fuerza.

No se trata únicamente de dejar de hacer algo. Se trata de disponer de otras posibilidades desde las que responder.

Entonces, ¿es posible cambiar?

Sí.

Pero una transformación profunda no siempre se produce simplemente porque hayamos entendido intelectualmente qué nos sucede.

En ocasiones necesitamos trabajar también con los aprendizajes, las emociones, las memorias y las respuestas automáticas que continúan condicionando nuestra experiencia actual.

Nuestro pasado forma parte de nuestra historia, pero no tiene por qué dirigir permanentemente nuestra manera de vivir.

Cuando podemos reconocer lo aprendido, revisar lo que continúa activo y desarrollar nuevas capacidades, aparece algo esencial:

más posibilidad de elección.

Rumbo Propio: comprender para poder elegir

Rumbo Propio parte precisamente de esta mirada.

Es un recorrido de desarrollo personal en el que trabajamos progresivamente distintos ámbitos que pueden estar condicionando nuestra manera de sentir, reaccionar y elegir: la mente consciente, el subconsciente, las emociones, el cuerpo, los patrones familiares y sociales y nuestras propias capacidades y recursos.

No se trata simplemente de saber más sobre nosotros mismos.

Se trata de que aquello que comprendemos pueda traducirse progresivamente en una manera diferente de vivir y elegir.

Si sientes que has comprendido muchas cosas sobre ti, pero hay aspectos que continúas repitiendo, puedes conocer cómo trabajamos en Rumbo Propio.

 

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