
No tienes que seguir cada pensamiento que aparece
Estás tranquilo y, de repente, aparece un pensamiento que no tiene nada que ver con el momento que estás viviendo:
«¿Y si hago daño a alguien a quien quiero?»
Sabes que no quieres hacerlo. Incluso te parece absurdo. Pero ha aparecido con tanta fuerza que empiezas a prestarle atención.
¿Por qué he pensado esto? ¿Y si significa algo? ¿Y si algún día pierdo el control?
Intentas tranquilizarte. Analizas el pensamiento, buscas una explicación o haces algo para contrarrestarlo: compruebas, repites una frase, cuentas, enciendes y apagas la luz varias veces...
Y funciona.
Pero solo durante un rato.
Porque sin darte cuenta has aprendido algo: cada vez que aparezca ese pensamiento, tienes que hacer algo con él.
¿Y si probamos otra dirección?
Un banco en un parque
Imagina que estás sentado en un banco.
Sopla el viento. Una hoja cruza delante de ti. Pasa un perro. Escuchas una conversación a lo lejos. Durante unos segundos llega el olor de una flor.
Todo aparece y desaparece.
No corres detrás de la hoja.
No intentas detener el viento.
No necesitas averiguar por qué ha pasado el perro.
Lo percibes y sigues sentado.
Con nuestros pensamientos podemos desarrollar algo parecido.
Un pensamiento puede aparecer sin que tengamos que seguirlo, combatirlo, analizarlo o convertirlo en algo importante.
Puedes observarlo y continuar con lo que estabas haciendo.
El pensamiento pasa. Tú permaneces.
Volver a lo que sí está ocurriendo
A veces estamos tan pendientes de lo que sucede dentro de nuestra cabeza que dejamos en segundo plano lo que está sucediendo de verdad.
Nuestro cuerpo. La persona que tenemos delante. El café que estamos tomando. La conversación. El trabajo. La calle por la que caminamos.
Cuanto más presente estás en tu cuerpo, en tu tarea y en el momento que estás viviendo, menos disponible estás para marcharte detrás de cada pensamiento que aparece.
No necesitas controlar tu mente para conseguirlo. De hecho, intentar que no aparezcan determinados pensamientos puede hacer que estés todavía más pendiente de ellos.
La propuesta es otra:
Observa sin juzgar.
Percibe sin identificarte.
Y vuelve a lo que estás viviendo.
Quizá llevas mucho tiempo intentando conseguir que tu mente esté tranquila para poder estar tú tranquilo.
Podemos probar otra dirección.
Deja que la mente haga ruido y vuelve a estar aquí.
El viento puede soplar.
Las hojas pueden pasar.
Tú no tienes que irte con ellas.